jueves, 14 de abril de 2016

En el alambre y en el rincón...

Tengo todas las edades en mis pupilas de petróleo, tengo todos los silencios atorados, tratando de volver río arriba al paladar... Y miro sola la noche que cae sobre todo eso que ya no nos queda... Sobre las demás cosas que para nada me pertenecen, las vidas que no quiero mirar, las caras de las que huyo y la bulla que traen con ellas, gente que grita, que se amontona, que se ahoga y no se da cuenta, que se muere o está muerta y no quiere creerlo. Son golpes suaves al cristal con la yema de los dedos, es la aguja del tacón haciendo un único punto de presión en la carne o en el vidrio, todo es estéril... Todo está cansando... Yo misma estoy cansada, y trato de poner mi cabeza con fiebre lejos de la calle y de mis miedos... Son latidos y señales, bajo las tablas y las pestañas... No entiendes, es como mirar al abismo y ser jalada por la punta de mi pelo, por el peso de la frente... Mis manos van a la cabeza, y me recuesto contra la pared, cayendo... Un disparo en el centro del pecho no hubiese sido tan devastador... Y aun así siento el calor tratar de levantar la piel y la carne... Y los huesos... Parpadeo y respiro incrédula... Me miran... La gente me mira... Yo también me miraría si fuera ellos... Y a veces los miro a ellos, tengo todas las vidas de los gatos y miedo de saltar...



Me contradigo desde las entrañas, desde la médula, me persigo desde la carne, desde que soy y muero. Tengo poco tiempo y sin embargo espero con los ojos bien abiertos como la creación respira, se exalta y vuelve a dormir.