jueves, 17 de abril de 2014

A Gabriel García Márquez, por todos los Cien Años de Soledad...

A mí el olor de las almendras amargas me recuerda las tardes azules y lo que se ha perdido,  me hiere la memoria afilada y transversal, mi carne que hirvió bajo el sol  y la sangre que es más letra que sangre… se me van los ídolos y los estantes quedan vacíos, sólo llenos de nostalgias y hormigas rojas, de arañas y maleza, todo lo que se ha aprendido página a página, la muerte no puede arrebatarlo, pero al menos el olvido asestó su único golpe ineludible a la tinta… la carne perecedera, la tinta releída…

Y yo también lo único que quiero ser en la vida es ser escritora. Me huele a funerales caribes la tarde del jueves santo, la lluvia caerá sobre Macondo, y también iré a los golpes y a mis vómitos sobre las cosas que nunca más podré recuperar, yo me quedo sentada con toda la magia heredada con todas las letras aprendidas, y en mi ventana azul, yo morí con el primer libro cuando aún andaba descalza y muero cada vez que  regreso…  siempre quedan las novelas para volver…  ¡déjenme  aquí! Que yo tengo una vejez profunda llena de olvidos, como si alguna especie de ancianidad prematura me hubiese cubierto los ojos con la impresión de hacerme vivir cien años de vaivenes en un par de días, y de seguir en un ir y venir del carajo toda la vida, que no es mucha, pero que fueron varias… 

Yo lo esperaba, esperaba las malas noticias mientras recorría de nuevo el general en su laberinto pensando que algo en común tendría con sus últimos días… mariposas amarillas levantadas desde el polvo de la tierra seca y bermeja, como un presagio de las cosas irremediables, y detrás, lo que se deja es de tal magnitud que no cabe en la voz y la memoria… yo vi perros mordiendo el viento caliente, famélicos en el caribe… y sobreviví a los embates del olvido por la esperanza de una inmortalidad alcanzada por la palabra… déjenme que la guayaba me recordaba  la casa y  los libros… al pueblo pequeño y el árbol cercano… déjenme que se ha muerto la carne y si bien es sabido es perecedera, no deja de lacerar la letra…   

Adiós…  dile a Escalona y a Panero que les mando recuerdos.